La lógica de ganar-perder erosiona el futuro común
Por: Manuel Solorzano – ODEI Consultores SAS Cel:3203017835
Vivimos atrapados en una lógica que atraviesa fronteras, gobiernos e ideologías: la lógica del juego de suma cero, donde se asume que para que unos ganen, otros deben perder. Esta mentalidad, presente tanto en discursos de izquierda como de derecha y más aún, en teorías gerenciales, ha empobrecido la posibilidad de construir soluciones sostenibles y compartidas.
Sin embargo, desde nuestra perspectiva, la salida no está en adoptar una ideología, cualquiera que esta sea, sino en superar la lógica misma del competir y eso requiere algo más profundo: madurez individual, visión de largo plazo y capacidad de cooperar reiteradamente, incluso con quienes piensan distinto.
Cooperar no es ingenuidad; es, por el contrario una estrategia compleja, y a la vez una forma superior de inteligencia social. Queremos recorrer distintos escenarios, globales, nacionales y organizacionales, donde el juego de perder- perder se ha impuesto, y proponer caminos posibles para cambiar las reglas del juego hacia un futuro en el que todos podamos ganar.
Un recordatorio de hechos históricos recientes:
A lo largo de la historia moderna, la lógica de ganar-perder o perder-perder ha sido el patrón dominante. Por ejemplo, en la definición de fronteras y esferas de influencia. En África, Oriente Medio y Europa del Este, las potencias coloniales impusieron divisiones artificiales, como ocurrió en la Conferencia de Berlín (1884-1885) y el Acuerdo Sykes-Picot (1916), priorizando el control geopolítico por encima de las realidades culturales, étnicas o sociales de los pueblos.
Esa misma lógica competitiva ha persistido en la geopolítica global del siglo XX y XXI. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos consolidó su poder regional mediante influencia económica sobre América Latina, mientras que China, décadas más tarde, tejió una red de desequilibrio comercial global bajo un enfoque de protección interna y expansión externa. En ambos casos, lo que parece racional desde el interés propio, termina siendo nocivo a nivel colectivo, en lo que John Nash llamó un “equilibrio no cooperativo”.
El efecto en las instituciones y en el sistema productivo del país:
En Colombia, la historia nacional ha estado marcada por una reiterada lógica de juegos de perder-perder, especialmente en torno al acceso a la tierra, la desigualdad estructural y la exclusión social. Los privilegios heredados desde la colonia, expresados en una distribución profundamente inequitativa del territorio, sentaron las bases para una sociedad fragmentada, donde las élites defendieron sus intereses a toda costa y donde la insurgencia, en lugar de generar transformación, optó por la violencia, la extorsión y la destrucción, profundizando el espiral de desconfianza.
Hoy, un gobierno de izquierda que pretendía ser alternativo ha quedado atrapado en esa misma lógica: más centrado en ajustar cuentas con el pasado que en construir futuros comunes, incluso si ello implica llevar al país a una mayor pobreza y fragmentación (en mi opinión, un ejemplo son las propuestas a las reformas a la salud y la laboral).
Como advertía Amartya Sen, el desarrollo no es sólo crecimiento económico, sino expansión de libertades. Si esas libertades se sacrifican en nombre de una revancha histórica, la sociedad entera pierde.
Esa lógica destructiva se reproduce al interior del propio Estado. La incapacidad para cooperar genuinamente dentro del poder ejecutivo, entre la Presidencia, los ministerios y las agencias gubernamentales, ha convertido la gestión pública en un campo de tensiones constantes. La presión para que los ministros ejecuten la visión presidencial sin deliberación técnica ha generado obediencia institucional que desplaza el juicio profesional. El resultado es una combinación tóxica: improvisación, derroche, ilegalidad y debilitamiento del aparato estatal. En ese contexto, el esfuerzo presidencial por demostrar control absoluto y sus políticas asistencialistas, repartiendo recursos y construcción de lealtades pagadas, representa un juego de poder donde el objetivo es “mostrar quién manda”, aunque ello implique vaciar la caja fiscal, debilitar la institucionalidad y fomentar el resentimiento de otros sectores.
Así, se configura una trampa perfecta: se erosiona la capacidad de gobierno, se pierde el consenso social y se estimula una futura venganza política o institucional, lo que nos introduce en un círculo aún más destructivo. Como en los peores escenarios del dilema del prisionero, el afán de dominar anula la posibilidad de cooperación y nos condena a perder todos.
¿Cómo salir de esta trampa? Algunas ideas para un juego de ganar-ganar

Superar la lógica de perder-perder requiere rediseñar las reglas del juego desde sus cimientos.
En el plano institucional, se hace urgente avanzar hacia una arquitectura del Estado que favorezca la cooperación interministerial, la deliberación técnica y la corresponsabilidad al mismo tiempo que se coordine para cooperar con el empresariado y con la academia. Esto implica fortalecer mecanismos de coordinación horizontal entre ministerios, crear comisiones de trabajo con autonomía real y establecer incentivos claros para que los liderazgos gubernamentales, empresariales y académicos trabajen en red, no en silos.
El rediseño debe estar centrado en objetivos compartidos de alto impacto, evaluados de forma transversal.
Desde la perspectiva del liderazgo, es esencial transitar del control vertical a la autoridad basada en la confianza. Esto exige que los tomadores de decisiones se formen en liderazgo colaborativo, escuchen activamente, generen sentido de propósito compartido y favorezcan el disenso constructivo. El liderazgo cooperativo no es débil; es más complejo, porque obliga a integrar diversas perspectivas sin caer en la parálisis.
En el plano de la cultura política y social, se requiere un cambio de narrativa: dejar de ver la política como un escenario de revancha y comenzar a verla como un ejercicio de inteligencia colectiva. Esto se logra promoviendo reglas de juego orientadas a la reciprocidad: “yo coopero contigo porque confío en que también cooperarás en el futuro”. Tal como lo demostró Axelrod, las estrategias cooperativas son más exitosas cuando se juegan a largo plazo y cuando existe memoria de las interacciones pasadas.
Si esta lógica de competir, rivalizar y querer solucionar los problemas del pasado como reivindicaciones y no abordar los problemas presentes con perspectiva de futuro se sostiene, el país y las organizaciones llegarán rápidamente a un escenario en el que todos perdemos: el gobierno, por su ineficacia y aislamiento; la población, por el empobrecimiento colectivo; y las instituciones, por su debilitamiento estructural. La desconfianza y la posible venganza futura desde múltiples sectores podrían terminar de sellar este círculo vicioso, donde la falta de cooperación se convierte en la sentencia del fracaso compartido.
En concreto en las instituciones del Estado y en las empresas que podemos hacer:
En un contexto donde la cooperación es más necesaria que nunca, en ODEI Consultores hemos acompañado a numerosos equipos de liderazgo en su proceso de consolidación, demostrando que es posible transformar relaciones fragmentadas en espacios de colaboración efectiva. A través de metodologías vivenciales, marcos claros de desempeño y conversaciones de alto impacto, hemos impulsado acuerdos colectivos que generan resultados visibles en el corto y mediano plazo. Sin embargo, uno de los obstáculos más persistentes es la resistencia de ciertos liderazgos que aún operan bajo la lógica del líder “fuerte”, del paradigma del dominante-dominado y la restricción de la autonomía individual y de equipos para depositar esas capacidades en un líder.

La figura del líder fuerte y autoritario, que desacredita el valor del consenso o la inteligencia colectiva, sigue teniendo peso. Pero cada vez que un equipo decide transitar hacia un liderazgo distribuido, hacia una toma de decisiones compartida, los beneficios se multiplican y el desempeño se estabiliza y apunta a la sostenibilidad.
Un ejemplo concreto del impacto de esta visión ha sido en nuestros proyectos de gestión del desempeño y del talento, donde combinamos indicadores individuales con métricas de equipo y estructuramos acuerdos que requieren la realización de proyectos conjuntos. Esta lógica ha fortalecido no solo la responsabilidad individual, sino también la interdependencia funcional.
Asimismo, en las consultorías de ODEI hemos logrado devolverle al líder la misión del desarrollo de las personas, de liberar talento y de dar autonomía y ayudar a descubrir los propósitos, tanto de las instituciones como de las personas. Hemos insistido en transformar la narrativa de las áreas de soporte, tales como la financiera, talento humano, jurídica o TI, mostrándolas no como estructuras administrativas de apoyo, sino como habilitadoras del desempeño de las áreas ligadas a la operación del negocio. Esta perspectiva ha abierto caminos de cooperación más madura entre áreas que antes competían por recursos y reconocimiento. Nuestra apuesta por los centros de servicios compartidos o Global Business Services es otro reflejo de este compromiso: crear plataformas internas donde la eficiencia y la colaboración no sean excluyentes, sino mutuamente reforzadas.
Hemos facilitado procesos de reflexiones estratégicas en los cuales la construcción colectiva incluyendo los equipos operativos y de soporte, han sido un éxito dado la riqueza de iniciativas y la capacidad para plantear objetivos y metas desafiantes realizables. Esto solo se logra confiando en la cooperación.
Por otro lado, la construcción de presupuestos compartidos entre áreas tradicionalmente separadas ha sido un experimento con réditos tangibles y la creación de espacios regulares de alineación entre pares de distintas unidades sin mediación jerárquica son realmente momentos en donde el entusiasmo es evidente y su impacto en los resultados es tangible. Todo esto significa mejoras en el desempeño empresarial.
Cooperar no es ingenuo. Es, en realidad, una forma sofisticada de construir desarrollo sostenible. Es hora de cambiar el tablero, las reglas y el lenguaje. Es hora de dejar de perder, para empezar a ganar juntos.
.

