La productividad que no vemos: decisiones postergadas, talento desaprovechado y liderazgo ausente

Ejecutiva presentando frente a equipo – liderazgo y comunicación ODEI

Por Manuel Solórzano | Gerente de ODEI Consultores SAS Cel 3203017835

La reciente reforma laboral en Colombia representa un desafío significativo para el tejido empresarial, especialmente para las pequeñas y medianas empresas (pymes), que enfrentarán un incremento considerable en sus costos de mano de obra. A diferencia de las grandes organizaciones, muchas pymes podrían ver comprometida su sostenibilidad. En este nuevo escenario, su competitividad dependerá en gran medida de su capacidad para mejorar la productividad, optimizar procesos y generar valor agregado con los recursos disponibles.

Según Fedesarrollo, los costos de nómina para estas empresas podrían aumentar en un 11,9 %, lo que derivaría en la pérdida de aproximadamente 451.000 empleos. Gremios como Fenalco y la ANDI advierten que los sobrecostos —entre el 17 % y el 34 %— podrían provocar el cierre de hasta el 15 % de las pymes. Es decir, la productividad ya no es una opción: es una necesidad urgente.

El dilema de la lealtad frente a la eficiencia

Uno de los cuellos de botella más comunes en la productividad organizacional no está en la tecnología, sino en las decisiones no tomadas. Pensemos en una persona con años de trayectoria que realiza tareas repetitivas, claramente automatizables. Todos lo saben, pero nadie actúa. La razón: es un colaborador leal, sin conflictos. El gerente no quiere “dejarlo sin trabajo”.

Aunque bien intencionada, esta lógica institucionaliza la ineficiencia. Se prioriza la estabilidad por encima del desarrollo, y se impide la evolución del negocio. El problema no es la lealtad, sino cuando se convierte en excusa para la inacción.

Las organizaciones que avanzan lo hacen con las personas: re-imaginan sus contribuciones, ofrecen reconversión, formación y evolución. La productividad sostenible exige valentía: la de honrar el pasado sin hipotecar el futuro.

El costo invisible de las decisiones postergadas

Muchas pérdidas de productividad no provienen de grandes errores, sino de pequeñas decisiones que nunca se toman: el dispositivo que agiliza procesos no se compra, el layout eficiente no se implementa, la puerta crítica sigue cerrada, el computador obsoleto sigue ahí.

Este estancamiento responde a culturas de liderazgo hiperconcentrado. Todo debe pasar por una o dos personas que, sobrecargadas, priorizan solo lo que consideran estratégico. El resto se aplaza. Así, se consolida una lógica de obediencia que asfixia la iniciativa.
La solución: empoderar niveles intermedios, definir protocolos de decisión y promover una cultura donde mejorar el entorno de trabajo no dependa del “sí” de una sola persona, sino del criterio colectivo.

Cuando el control se disfraza de competencia

Algunos líderes ascienden en reputación ante sus jefes, pero son una barrera para sus equipos. Centralizan todo, desconfían de los demás y no delegan. Su área “funciona”, pero está estancada. Lo peor: la parálisis se normaliza.

La ausencia de sistemas de evaluación sólidos agrava el problema. Sin indicadores de desarrollo del talento ni retroalimentación interna, estos líderes son vistos como eficaces, aunque apagan el compromiso y la innovación a su alrededor.

Lo urgente es rediseñar el sistema de liderazgo: instaurar evaluaciones 360, formar en delegación, y exigir como KPI el desarrollo del talento. La productividad no la logran quienes lo hacen todo, sino quienes construyen equipos capaces de hacerlo mejor.

Una mirada distinta: la productividad que ignoramos por mirar hacia afuera

Estos tres síntomas son apenas una muestra. Hay más: líderes que toleran desempeños mediocres, reuniones sin decisiones, estrategias sin apropiación. Los abordaremos en próximos artículos.

Pero más allá de los ejemplos, el mensaje es claro: la productividad no siempre requiere grandes inversiones ni revoluciones tecnológicas. A veces, basta con cambiar la forma en que miramos a las personas.

Cuando dejamos de ver al colaborador como un recurso estático y lo entendemos como fuente de posibilidad, cuando leemos los síntomas como señales del sistema, encontramos soluciones que siempre estuvieron ahí. Solo que no las veíamos.

Nos seguimos quejando del mercado, los costos o la regulación, mientras lo que más limita nuestra productividad está dentro de la organización, al alcance de nuestra decisión.

No se trata de ser “inocente”, de hecho cualquier organización está expuesta al sistema y vive impactada por todos los movimientos del entorno, sin embargo, como cualquier organismo, está en posibilidad de habilitar anticuerpos para mantenerse activa dentro del sistema social, económico y ambiental.